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Es de
madrugada y esta noche ha nevado en la sierra de Madrid. El manto blanco
se extiende más allá de los dominios de nuestra vista. Hace frío, mucho
frío, tanto que mis palabras se hielan formando una espesa nube de vaho,
mucho más densa que la niebla húmeda que todo lo invade.
Caminamos sigilosos, procurando no hacer crujir la nieve bajo nuestras
botas, esquivando las placas de hielo para no resbalar estrepitosamente
sobre el suelo. Mi hermano alza la mano indicándome que me detenga.
Ahora la agita rápido, haciéndome ver que debemos agacharnos. Señala en
una dirección con su dedo índice y me hace volver la cabeza hacia la
izquierda. Mi mirada escudriña el paisaje navideño de árboles sin
adornos, austeros y sencillos; profundiza en la espesura del monte a
través de taludes y troncos, deteniéndose sobre un punto negro,
solitario, en medio del blanco frío y eterno.
Nos acercamos con sigilo deteniéndonos durante un
instante, cada dos o tres pasos. Ya podemos verlo con nitidez: la cabeza
agachada, olisqueando la helada, vaporizando el suelo con su húmeda
respiración, relajada y acompasada, aliento que exhala a través de las
dos chimeneas de tren ocultas en su hocico. Él ya sabe desde hace un
buen rato que estamos cerca, pero no se molesta, aún no hemos entrado en
sus dominios, no hemos profanado con nuestras botas su blanco
territorio. Sabe que las dos guadañas que exhibe sobre su testa, son lo
bastante intimidatorias como para disuadir a cualquiera de acercarse
más.
Los pitones nos sirven de señal, estamos acostumbrados a las señales de
prohibido estacionar, prohibido fumar, prohibido el paso…, pero esta
señal, esta es distinta, es auténtica, no es fruto de la invención, ni
de las leyes humanas, sino de la única ley válida, eterna y permanente:
la Ley Natural, una Ley que reza en uno de sus artículos: “No molestes
al que es más fuerte, no le quites la comida, no te aparees con su
hembra, no entres en sus terrenos. Si lo hicieres, morirás”.
Permanecemos inmóviles, admirando el morrillo del toro negro, cubierto
por el pelaje rizado del invierno. Sus patas negras, clavadas sobre la
nieve fría y blanca. Ahora alza la cabeza y nos mira, pero no nos ve.
Sabe que estamos cerca, pero no pretende vernos. Sabe que nosotros sí le
estamos viendo a él y alza su arboladura empinándola hacia las copas
verdes, ahora blancas, diciéndonos con su gesto:
-¡Ni un paso más. El que ose molestarme morirá! Podéis contemplarme,
admirar mi belleza, envidiar mi fuerza, desear dominarme…, pero este es
mi territorio y aquí mando yo.
Tras diez minutos de adoración, tenemos las piernas
empapadas y el único calor que irradia nuestro cuerpo es el que arde en
la hoguera de la pasión por el toro bravo.
-¡Pronto nos veremos, amigo! Tal vez sea en una calle asfaltada o
adoquinada, tal vez en la anchura castellana, o tal vez sea en la arena
donde venderás cara tu vida, mientras veinte mil humanos te admiran y te
rinden culto en la ceremonia del arte y del riesgo, de la entrega del
hombre al toro y del toro al hombre, en el juicio donde la única ley
aplicable es la Ley Natural.
