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Corría el
año 1556, cuando Felipe de Habsburgo fue proclamado el hombre más
poderoso de la tierra y Rey de España, territorio donde sería conocido
como Felipe II. No hablaremos aquí de cuáles fueron los territorios
sobre los que gobernó, ni sobre las guerras, ni sobre la “Armada
Invencible”. Tan sólo comentaremos una batalla de especial trascendencia
para los taurinos, una batalla que este rey ganó en beneficio de la
fiesta.
En aquellos tiempos, las corridas de toros y los festejos populares no
se desarrollaban como ahora y el arte brillaba por su ausencia. Tan sólo
la tradición, el culto al toro y el carácter del hombre ibérico,
mantenían viva la llama de la tauromaquia. Podemos afirmar que el toro
protagonizaba tres tipos de espectáculos distintos:
En primer lugar, se celebraban torneos en los que los nobles se
enfrentaban a caballo contra uno o varios toros para probar su valor y
fortaleza. Hay testimonios de que en las bodas del Cid se lancearon
toros en su honor. Estamos hablando del Siglo XI.
Otras veces, eran más que espectáculos, entrenamientos militares en los
que la infantería se preparaba para la defensa contra una eventual carga
de la caballería y qué mejor que simular dicha carga lanzando contra
ellos una manada de toros bravos.
Finalmente, se celebraban los festejos más populares en los que el
hombre “de a pie” hacía alguna promesa de tipo pagano o religioso y
ofrecía el sacrificio del animal como prueba de amor, de valor, o de fe.
A algún sector de la Iglesia, estos alardes no le hacían ninguna gracia,
pues pensaban que era un tremendo pecado ponerse en peligro de muerte de
forma gratuita corriendo el riesgo de morir sin haber recibido el
sacramento de la penitencia. Es por ello que, de la misma forma que se
habían prohibido los torneos entre caballeros, cierta corriente de la
Iglesia alentaba por la prohibición de las corridas de toros. Sin
embargo, en vista del poco éxito que tuvieron sus propuestas ante los
Reyes Católicos, volvieron su cara hacia la mismísima Roma -sede del
Papado- y foro en el que hasta el Siglo XV se habían venido celebrando
corridas de toros.
La batalla parecía perdida, cuando, después de tanto insistir una parte
del sector eclesiástico español, el Papa Pío V prohibió las corridas de
toros en toda la cristiandad. ¿Quién lo diría? Apenas había transcurrido
medio siglo desde que el hijo del Papa Borgia –César-, había toreado al
lado de la Basílica de San Pedro, en Roma, y ahora, el nuevo Papa, Pío
V, venía a prohibirlos...
Y tanto fue el cántaro, que el uno de noviembre de 1567, el Papa Pío V,
promulga la Bula Salute Gregis, por la cual prohíbe definitivamente en
toda la cristiandad las corridas de toros “bajo pena de excomunión” y va
más lejos diciendo que “si alguno muere en el coso, quede sin sepultura
eclesiástica.”
La respuesta del pueblo y del Rey Felipe II no se hizo esperar. Se
produjo un serio conflicto diplomático con Roma, y nuestro embajador le
contestó al papa pidiendo que en España no fuese aplicada la bula “dado
que el hecho de correr los toros parecía que estaba en la manera de ser
propia del pueblo español”. Sin embargo, el Papa hizo caso omiso y el
conflicto se agravó aún más. La solución, vendría de la mano del Rey
Felipe II.
El rey insiste lo importante que es para los españoles la fiesta de los
toros, que –según él- tiene una tradición de más de quinientos años y
que esta fiesta es la más importante para los españoles y suprimirla
sería “suprimir casi en su totalidad el goce y la alegría de la
población”.
A pesar de la prohibición y del empecinamiento del papado, los españoles
de la época se las arreglaban para incumplir las órdenes de Roma y
permanecían firmes. No sólo el pueblo, sino también las autoridades
civiles que se las ingeniaban para eludir a la autoridad eclesiástica.
Esta unión y el apoyo de las instituciones políticas, desde el alcalde
más humilde, hasta el propio Rey, consiguieron que en España se
continuasen celebrando las corridas de toros.
Y tan “pesado” se puso nuestro monarca con el papado, amén de amenazarle
con romper las alianzas militares que tenía España con la Santa Sede,
que al final, el Papa Gregorio XIII –sucesor del papa antitaurino-,
revocó la bula y levantó la prohibición en el año 1575.
¿Qué habría hecho el Pío V si hubiese conocido el toreo de José Tomás?
¿Creéis que habría prohibido también las corridas, o tal vez habría
afirmado que la danza entre toro y torero no es más que una muestra de
que sólo Dios podría haber permitido tanta belleza y tanto arte?
