Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización escrita
Haznos tu página de inicio     |     ¿Quienes somos?     |     Normas del foro     |     LosEncierros

Página y contenidos propiedad de
www.losencierros.net
© Copyright 1999-2008.
 

 
 DE BUENA TINTA

Corría el año 1556, cuando Felipe de Habsburgo fue proclamado el hombre más poderoso de la tierra y Rey de España, territorio donde sería conocido como Felipe II. No hablaremos aquí de cuáles fueron los territorios sobre los que gobernó, ni sobre las guerras, ni sobre la “Armada Invencible”. Tan sólo comentaremos una batalla de especial trascendencia para los taurinos, una batalla que este rey ganó en beneficio de la fiesta.
En aquellos tiempos, las corridas de toros y los festejos populares no se desarrollaban como ahora y el arte brillaba por su ausencia. Tan sólo la tradición, el culto al toro y el carácter del hombre ibérico, mantenían viva la llama de la tauromaquia. Podemos afirmar que el toro protagonizaba tres tipos de espectáculos distintos:
En primer lugar, se celebraban torneos en los que los nobles se enfrentaban a caballo contra uno o varios toros para probar su valor y fortaleza. Hay testimonios de que en las bodas del Cid se lancearon toros en su honor. Estamos hablando del Siglo XI.
Otras veces, eran más que espectáculos, entrenamientos militares en los que la infantería se preparaba para la defensa contra una eventual carga de la caballería y qué mejor que simular dicha carga lanzando contra ellos una manada de toros bravos.
Finalmente, se celebraban los festejos más populares en los que el hombre “de a pie” hacía alguna promesa de tipo pagano o religioso y ofrecía el sacrificio del animal como prueba de amor, de valor, o de fe.
A algún sector de la Iglesia, estos alardes no le hacían ninguna gracia, pues pensaban que era un tremendo pecado ponerse en peligro de muerte de forma gratuita corriendo el riesgo de morir sin haber recibido el sacramento de la penitencia. Es por ello que, de la misma forma que se habían prohibido los torneos entre caballeros, cierta corriente de la Iglesia alentaba por la prohibición de las corridas de toros. Sin embargo, en vista del poco éxito que tuvieron sus propuestas ante los Reyes Católicos, volvieron su cara hacia la mismísima Roma -sede del Papado- y foro en el que hasta el Siglo XV se habían venido celebrando corridas de toros.
La batalla parecía perdida, cuando, después de tanto insistir una parte del sector eclesiástico español, el Papa Pío V prohibió las corridas de toros en toda la cristiandad. ¿Quién lo diría? Apenas había transcurrido medio siglo desde que el hijo del Papa Borgia –César-, había toreado al lado de la Basílica de San Pedro, en Roma, y ahora, el nuevo Papa, Pío V, venía a prohibirlos...

Y tanto fue el cántaro, que el uno de noviembre de 1567, el Papa Pío V, promulga la Bula Salute Gregis, por la cual prohíbe definitivamente en toda la cristiandad las corridas de toros “bajo pena de excomunión” y va más lejos diciendo que “si alguno muere en el coso, quede sin sepultura eclesiástica.”
La respuesta del pueblo y del Rey Felipe II no se hizo esperar. Se produjo un serio conflicto diplomático con Roma, y nuestro embajador le contestó al papa pidiendo que en España no fuese aplicada la bula “dado que el hecho de correr los toros parecía que estaba en la manera de ser propia del pueblo español”. Sin embargo, el Papa hizo caso omiso y el conflicto se agravó aún más. La solución, vendría de la mano del Rey Felipe II.
El rey insiste lo importante que es para los españoles la fiesta de los toros, que –según él- tiene una tradición de más de quinientos años y que esta fiesta es la más importante para los españoles y suprimirla sería “suprimir casi en su totalidad el goce y la alegría de la población”.
A pesar de la prohibición y del empecinamiento del papado, los españoles de la época se las arreglaban para incumplir las órdenes de Roma y permanecían firmes. No sólo el pueblo, sino también las autoridades civiles que se las ingeniaban para eludir a la autoridad eclesiástica. Esta unión y el apoyo de las instituciones políticas, desde el alcalde más humilde, hasta el propio Rey, consiguieron que en España se continuasen celebrando las corridas de toros.
Y tan “pesado” se puso nuestro monarca con el papado, amén de amenazarle con romper las alianzas militares que tenía España con la Santa Sede, que al final, el Papa Gregorio XIII –sucesor del papa antitaurino-, revocó la bula y levantó la prohibición en el año 1575.

¿Qué habría hecho el Pío V si hubiese conocido el toreo de José Tomás? ¿Creéis que habría prohibido también las corridas, o tal vez habría afirmado que la danza entre toro y torero no es más que una muestra de que sólo Dios podría haber permitido tanta belleza y tanto arte?

 
Felipe II "Defensor de la fiesta"
Por Miguel Ángel Rodríguez
Felipe II
Leer más textos de Miguel Ángel Rodríguez
..............................................................
- ¿Que sentimos al correr un encierro?
- Ley Natural
- Felipe II "Defensor de la fiesta"