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 DE BUENA TINTA

Segovia, 2007, encierro en el barrio de San Lorenzo. Faltan diez minutos para las nueve de la mañana. El recorrido se va llenando progresivamente de personas que van a participar en el encierro. Entre ellas puedo distinguir, casi sin equivocarme, a los que van a correr cerca de los toros, a los que se la van a jugar: algunos de ellos fuman un cigarrillo, otros hablan entre ellos desparramando la mirada, perdiéndola hasta el comienzo de la curva, tras el puente por el que ha de pasar la manada. Otros intentan calentar y realizar los últimos estiramientos de cuadriceps y gemelos.
Quedan cinco minutos ..., cuatro minutos y cincuenta segundos ..., cuatro minutos y medio ..., el reloj se mueve muy lentamente, parece como si el segundero se hubiese parado. Algún compañero se nos cruza nervioso, impaciente, apenas nos saluda, va buscando su lugar ideal para comenzar la carrera, sin saber dónde habrá de terminarla. Es el momento de ajustarme los cordones de las zapatillas que me compré antes de las fiestas de mi pueblo –en mayo-, me están algo justas, son un número menos del que llevo normalmente, pero la suela que llevan fue la única que me convenció. ¡Total, para una carrera de cincuenta metros...! Tiro de los cordones con fuerza, hago el primer nudo, luego un lazo, luego otro y un tercero. Ahora sí están bien apretadas. Estiro mis finos calcetines negros, me gustan, son finos y suaves, son los que me pongo cada mañana para ir a trabajar a la oficina. Me da seguridad correr con ellos.


Dos minutos y todo habrá pasado ... Un compañero le advierte a otro que se meta la camiseta por debajo del pantalón. -¿Qué más dará? –Pienso- ¿Será, por si te engancha el toro, que no te arrastre? Otro compañero se suena la nariz, intentando despejar el canal por el que deberá fluir el oxígeno con rapidez hasta los pulmones y de ahí a los músculos.
Cincuenta segundos para las nueve. –Este es el peor momento- me dice otro compañero mientras se santigua tres veces y besa las medallas que lleva prendidas en la camiseta. Comienzo a saltar y a correr sobre el sitio. Miro tras de mí, no me gusta correr con demasiada gente delante, parece que hoy la calle va a estar bastante despejada, al menos en el tramo por el que vamos a intentar escapar de los toros.
Son las nueve, ahora los saltos y la carrera sobre el sitio son más violentos, más rápidos, es como si una extraña fuerza me estuviese incitando a salir corriendo sin esperar ni un segundo más, pero hay otra fuerza mucho más poderosa – la voluntad- que me hace permanecer en mi sitio, esperando, seguro de que el tamaño de la recompensa que recibiré será directamente proporcional al tiempo que consiga aguantar mientras llega la manada.


Suena el cohete. Ya no hay posibilidad de arrepentirse. Mi corazón late con fuerza, noto la sangre palpitando en las carótidas, puedo escuchar mis propios latidos golpeándome bajo el lóbulo de mis orejas, puedo escucharlos a pesar del escándalo que hay en la calle. Permanezco ajeno a todo lo que me rodea. Hay compañeros detrás y delante de mí pero soy incapaz de reconocerlos, mi mirada se ha clavado en la curva por la que empiezan a verse los primeros corredores, trotando, mirando hacia atrás, quitándose unos, esperando otros ... Ahora viene otro grupito de corredores, han doblado la curva y avanzan muy deprisa. Intento tragar saliva, pero hace más de veinte segundos que mi boca está completamente seca y mi garganta se ha bloqueado. Escucho los latidos cada vez más fuertes, noto los golpes de la sangre hasta que, de pronto, la ansiedad se retira y deja paso al miedo, aparece un toro adelantado, ahora vienen los bueyes y el resto de los toros. Me doy la vuelta sin perder de vista a lo que viene detrás, avanzo despacio, casi andando, pero la cara desencajada de los compañeros que vienen delante de los toros me hace iniciar la carrera, intento no precipitarme y correr despacio, intento aguantar, miro delante de mí y veo cómo la mayoría de la gente va desapareciendo, sólo quedan los que esperan, los que aguantarán al toro y alcanzarán la gloria durante cinco, o tal vez, seis segundos. Una gloria íntima, personal, autosuficiente, anónima, sin aplauso...


La manada está cada vez más cerca, el miedo ha desaparecido, me siento como anestesiado a la par que extasiado, no me quiero quitar todavía, mi condición física me permite continuar, pero la prudencia me empuja hacia las talanqueras. La manada pasa sin fijarse en mí. ¡Qué animales más bellos! –Pienso- Han merecido la pena el frío –diez grados, aunque es agosto-, el madrugón y la hora de camino.
Nueve horas y un minuto. Busco con la mirada a los compañeros conocidos y no conocidos. Ahora sí los reconozco a todos. Están todos bien. Es el momento de tomar el segundo café de la mañana. Este entrará mejor, lo podré saborear y pienso acompañarlo con unos churritos. ¿Me conformo con poco? Creo que no. Creo que durante diez minutos he podido comprobar que estoy vivo. Hay gente que vive pero no lo sabe, porque no es capaz de sentir la vida corriendo por sus venas y golpeándole las carótidas.

 
¿Que sentimos al correr un encierro?
Por Miguel Ángel Rodríguez
Barrio de San Lorenzo (Segovia)
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